Algunos pedazos de vida compartidos aqui...

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Escritora aficionada y apasionada por los libros. Todos los poemas, cuentos, reflexiones -y la mayoría de las imágenes- son de mi autoría. Derechos reservados. Se prohibe su distribución, copia, o cualquier tipo de transmisión. ¡Disfruten la lectura!

CARTA DE JUAN CALZADA A AMELIA *MI MUJER, MI MUCHACHA*




Amelia, mi mujer, mi muchacha:

Primero que nada, perdóneme. Sé que en la última carta que le escribí me comporté como un viejo insoportable. Sin justificación ninguna esa carta iba cargada de demasiados dolores y recriminaciones. Fui tan inhumano.  ¿Cómo se me ocurrió pagarla con la persona más inocente en la tragedia con la que me tocó librar en esta vida? Precisamente tu, la víctima.  Ese día estaba cansado, Amelita, más cansado que de costumbre. Y aunque mi  intención era escribir puras palabras de amor y recuerdo, pues  perdí el camino, como dicen,  y lo que hice fue comportarme como un amargado.  De verdad, no me reconocí de tanta queja y rabia… Guardo esa carta junto con las demás, que he sentido como un tributo a su memoria, porque cuando escribo y  leo después en voz alta lo que en ellas pongo, me imagino que tu las lees conmigo desde el cielo. Y te acompaño... Y me acompañas.

Es que ya hacen tres años que te fuiste.


Por eso me he atrevido a hacer esta carta. Ya había desistido, alguien me dijo que estoy obsesionado, y que me puedo volver loco de tanto dolor y todo adentro, sin quejas. Que debo bajar la angustia. No hago mucho caso, porque la forma en que usted murió fue muy dura, y eso no se puede olvidar así como así.
Estas cartas mantienen contacto contigo. Lo creo de verdad.  Hasta que consiga consuelo o me reuna contigo, será.

Mi querida. Te cuento un poco de la familia:  ¿Recuerdas a la niña de mi prima Josefa? Mariíta. Se casó. ¿Y sabes con quien? Con el hijo de Matías, el que creo es o quiere ser político. Pero como que el muchacho entró en un listado de esos raros, tu sabes, les entró miedo y  se van del país. Parece que se van a Perú . Imagínese mi vida,  cómo está Josefa con esto. Se le va su compañera.
 

Tu hermana Marta está mejor, ha bajado unos kilitos, y el negocio que montó con su amiga Luisa resulta que se la pasa lleno de gente. Trabaja demasiado, pero por primera vez la veo tranquila. Aún así lo que le tocó no es fácil. Casimiro la ayuda, pero como está estudiando mucho (ya va para tercer año), a veces Marta no puede con todo. Yo le recomendé que contraten a alguien para que las ayude. Ella no quiere, desconfía del mundo entero. Desde que pasó lo que pasó,  esto suyo…

¡Uf! Le hablo de ellos y no le cuento de nuestro Juan Pedro.  Imagino que estará ansiosa de saber de él.  Está muy bien. Como ya terminó el posgrado y no se quiere quedar por allá, regresa en un mes. Es un buen hijo. Bueno, tu lo sabes mejor que nadie. Me cuida desde allá, se preocupa por mí. “cuídese papá, mamá se pondría brava si usted se enferma”, “mamá diría esto”, “mi mamá haría aquello”… Te tiene presente, y  te nombra, es como si estuvieras con él todo el tiempo. Si no fuera que esta ausencia nos daña tan profundo, podríamos decir que si por nombrarla la pudiéramos mantener viva, serías eterna mi muchacha.

¡Ah! ¿Recuerdas cuanta angustia para que Juan Pedro comiera cuando era niño? pues Sandrita, la esposa,  es una chef, trabaja en un restaurante, y nuestro hijo ahora hasta come brócoli jejeje. Me cuentan que han subido unos cuantos kilos, seguro comen cosas que aquí no se consiguen.  Me cuentan que van a los mercados, imagínate, allá en Alemania, y buscan ingredientes para comidas criollas, para sentirse como en su casa.  Sandrita está avanzada en el embarazo ¡Quién me aguanta de abuelo! ¡¿Y a usted?! No se preocupe por ellos, mi Amelia, mi muchacha, que están bien. La indemnización que nos dieron por el atentado me ha permitido ayudar a Juan Pedro y al resto de la familia. Por mí, ni hubiera aceptado esos reales, porque su vida es invalorable, pero recordando lo inteligente y práctica que usted era, mi amada esposa, lo pensé bien y acepté.
La maldad derriba todo a su paso, y que al menos yo pudiese ayudar a otros con esa plata, construye algo, es un tributo a su memoria. La educación de nuestro hijo, por ejemplo…

Cuando le escribo, recuerdo las risas de los que nos oían, porque nos tratábamos de *usted*. Sentíamos que había mas confianza y cercanía si nos decíamos así. ¿Recuerda? Y también por la costumbre de oir a nuestros papás. Aún hoy, que intento poner un *tu*, me sale de primero un *usted* en las cartas. Al leer, suena mas bonito. Un amor y un respeto... La quiero tanto...

Mi rutina ha cambiado desde que usted no está. A las cinco de la mañana ya tengo los ojos abiertos  y no los cierro sino a medianoche. Y en la madrugada de repente me despierto y me quedo mirando el techo pensándola. Preguntándome como sería nuestra vida hoy,  si usted viviera. Y todas las preguntas que se pueda imaginar. Siempre son distintas. Tengo una colección de preguntas. Y todas por la madrugada.

Como renuncié al trabajo, desde hace unos meses ayudo al compadre Nico en el negocio de ferretería. ¡No me regañe Amelita, no estoy tan viejo para cambiar de oficio!. Es que no podía además seguir allá en esa estación de policía, aunque fuera tomando reclamos y denuncias. No tenía cabeza para eso. Me embrutecí. Ahora lo comprendo.
En la ferreteríahe aprendido los nombres de todas las herramientas, tamaños de tornillos, los clavos, a diferenciar los de pared, los de madera... Imagino que soltarás una carcajada al leer esto. Yo que siempre fui un policía,  hasta en mi forma de ser.  Ahora vendo tuercas, hablo con los clientes y la mente se enfoca en lo que hago.  Y te olvido un poquito en esos momentos. Y la angustia se pone mas pequeña.

¿Sabe mi muchacha? Como dicen que los clavos torcidos traen buena suerte, he guardado unos cuantos y los tengo en el bolsillo. Los sobo y pienso en un deseo, como si fuera una botella con un genio adentro. Pienso ponerlos en una cajita y ponerle su nombre, y dejarla en la sala, para sentirla aún mas. ¡Sí! Se que me va a regañar. Que estoy obsesionado. Pero no la olvido. Y eso duele, no sé como hacer para pensarla menos...


Ahora, como me sobra tiempo,  don Jeremías me presta libros que tiene, novelas mas que nada. Sí, estoy leyendo.  ¿No vé? Es que yo mismo me desconozco. Ahora no pregunto cómo se escriben las palabras, busco en el diccionario; y como no estás para corregirme… Tengo que ingeniármelas. Tu fuiste maestra. Desde la cuna. Y eras mi apoyo, me enseñabas los libros, me insistías que leyera. Ahora lo hago, y aprendo.
 
Casi siempre almuerzo en casa de tu hermana Clotilde, que vive regando las matas, como siempre, y hablándome de un mismo tema, tú. Y yo callado. ¡Nadie mas habla! jajaja A veces me cansa, pero si no voy se molesta y me manda a buscar.


A la salida del negocio de Nico, me voy a la plaza  a conversar con quien encuentre. Casi siempre el tema es el fútbol. Cuando hablan de política me voy. Aunque no tenga ganas. Es que llegar a la casa es  regresar a la soledad…

Han sido tres años de una cruel ausencia. Y me dirás que soy muy masoquista , pero veo y veo el video del atentado.En ese video de pocos minutos, te veías tan tranquilita caminando antes de subirte al jeep policial que te iba a llevar a dar clases en el pueblito cercano.  Imagínate que de tanto ver el video, se dañó el aparato ese, y me dijeron que no tiene arreglo.  Pero, mi amor, ¿para qué? Si yo rebobino esa escena en la mente. La veo, y la vuelvo a ver, y no se me gasta.

Amelia querida, todas las noches en nuestro cuarto, rezo. Sí señor. En ese mismo lecho que acostumbrabas vestir con  sábanas  olorosas  para que fuese testigo de este amor que se multiplicó y  que ha sido vital para mantenerme en pié en estos años. Orar me tranquiliza. Y me recuerda lo bonito de su amor...

Te cuento que un día, arreglando tus cosas, encontré en el cajón derecho del mueble de madera, el que nos regaló tu tía Rosa,  un catecismo que guardabas de toda la vida. Lo he leído y releído.  Y a pesar de mi ateísmo, que tanto me recriminabas, he llegado a  hablar con Dios, de la manera en que he aprendido en esta etapa de mi vida, siempre triste.  Pero ha hecho efecto. Ahora, tengo Fe. Es la única forma de entender y aceptar lo que pasó con usted. Y saber que nos reuniremos. En algún momento. Mas temprano que tarde.

Me ha tocado pasar momentos que no le deseo a nadie. Maldigo y luego me arrepiento. Sólo me mantiene tranquilo, en una tranquilidad que cambia a cada rato,  el amor que le tengo, Amelia querida. 

Algunas noches,  ya le conté, doy vueltas en la cama, y,  Amelia, ¡ahí es cuando más sufro!, porque su calor me hace tanta falta. Este congelamiento es de cuerpo y alma. Este frío es inhumano, y no me abandona. La prima Josefa está empeñada en que busque una mujer, una compañera. Que me haga compañía y me de un poco de alegría. Cada vez que me lo dice me provoca gritarle ¡que no se puede!. A duras penas me contengo. Ella no me entiende. Nadie entiende.

Aprendí a recordarte bonito, a recordar tu cabellera hermosa, brillante, tu boca pintada de rosa como cuando me enamoraste. ¿Recuerdas? Pasaste caminando frente a mí con tu amiga ¿cómo es que se llamaba? ¿Claudia era? Justo cuando yo entraba a la estación de policía para  llenar la aplicación de ingreso. Me dio hasta escalofrío ese día jajaja,¡ esa morena tan bonita caramba!  ¡No que va! ¡Tengo que conocerla!. Tomé la hoja que me entregaban y salí  como despavorido a perseguirte.  No pensé. Me planté, con mis veinte años como motor, dispuesto a todo, y te dije *señorita, soy Juan Calzada, y deseo conocerla y ser amigo suyo. Si usted me lo permite*. En seis meses estábamos casados, y al año Juan Pedro vino para completar la familia. Todo como si hubiera sido planificado, como un cuento de hadas. Toda una vida feliz y apacible. Y ya ves, no todo es un cuento de hadas. Un estallido del mal te llevó por delante, siendo tú, la inocente que pagó con su vida las peleas de otros. Por eso, sin estos recuerdos, ¿Qué me queda?

En pocos días será el día de los enamorados, así que… recibe mi amor una y otra vez.

Todos en la familia guardan historias suyas, mi muchachita, pedazos de alegría, y algunos dolores, pero Amelia, la recuerdan con ojos alegres y ternura. 

Aunque vivimos tiempos de odios,  ya que somos el común,  vivimos la vida del que no tiene poder,  mantenemos la esperanza en que todo cambie. No la perdemos.

Todas las cartas que te escribí están aquí, en cajas organizadas  por color por cada año que nos faltas. Y contra todas la opiniones, le sigo escribiendo, mi muchacha. La escritura hace milagros.
Pronto abriré una caja nueva. 


Con amor,
Su Juan Calzada.

 

IngridYPA ©® Derechos reservados



 

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