He visto tu figura en la puerta y aún no proceso
claramente las ideas. Inicialmente pensé que se trataba de un espejismo,
una alucinación debida al constante deseo de verte ... y la pelea -con ring de boxeo y todo- para olvidar.
Hace
años, esa misma puerta sirvió de excusa. Un *vete* convertido en la
ridícula frase *sus deseos son órdenes, bella dama*, un complacer tan
inmediato que me dejó dudando si no habrías desaparecido
tiempo antes.
Mientras te acercas, el
escalofrío - excusa de miedosos- me recorre. Pero aún sin entender qué
significa esta imposibilidad de movimientos, esta mano derecha que grita
a ciegas intentando llegar a la cara, la pierna izquierda que huye sola. Oigo una voz llorosa y chillona de alegría, no comprendo. La escucho lejana. Soy yo, ¡estúpidamente feliz!... Me había convencido que no eras importante, que no me
interesabas. El tiempo transcurrido selló el epitafio. O eso creí hasta este verte y no ver nada mas.
Pareces torpe, como un niño travieso que corre sobre muebles y juguetes sin otorgarle importancia.
Segundos llenos de pasos, pasos enormes que atraviesan la sala. He bajado los ojos y miro el piso. Aún no me atrevo a enfrentar la mirada oscura presentida en medio de la rabia.
Erguido como una estatua, enorme, frente a la mujer
disminuida y enrollada en sí misma que soy hoy, negándome a mirar mas
allá de la silla incómoda en la que me encuentro.
-He vuelto- dices
-Si, ya veo- respondo por decir algo. Juro que si hubiese tenido
fuerzas, la mesa la hubiera volcado y hubiese empezado a insultarte o hubiese salido de cualquier modo, a rastras tal vez, de esta habitación amarilla y vieja, gritando como una histérica
de telenovela del siglo pasado.
Cuando una persona enferma, cuando llena su memoria
de hospitales, doctores, enfermeras, es otra persona. Si sacas
cuentas y totalizas dos años en que sólo tienes eso encima, alrededor,
debajo, nada importa. No creo que sea depresión, es algo peor, es un sin sentido. Es un
acostumbrarse a lo que hay, y es cierto.
Un abandono sin explicaciones es mas que cerrar una puerta, es una traición. A tantos
sentimientos y promesas...
Vuelvo a lo mismo, te dije que te fueras. Mejor dicho,
saliste tranquilo por esa misma puerta años atrás -Ya vuelvo- en respuesta al "vete no te vayas" que te
dije, y un "- ¡qué me voy a ir!, ¿estás loca? -
Fué un irte dejando en el aire el "vete-ya-vengo", letra de bolero que bailé contigo sin saber. Y por supuesto, días después, te convertiste en el mas vulgar de los vulgares que salen a
comprar tabaco en los chistes vulgares, para no regresar.
Aceptar ese "irte de repente" no
fué fácil. Exigió un trabajo de autocompasión, delirios, accesos de locura... Para llegar finalmente a aceptarlo tranquila. Tenías razón "es que somos incompatibles". Y negué culpabilidades, dos son muchedumbre... Sobre todo dos como nosotros, creídos y egoístas.
La pieza de porcelana, la muñequita con sombrero azul y sombrilla en la mano, que me regalaste, según muy costosa y rara, produjo cierta paz cuando la arrojé al piso. Creo que empecé a olvidar ese día.
Hasta hoy.
-Si quieres explicar algo, no hace falta- digo
subiendo la mirada hacia la cara conocida y ahora triste. Me asombra lo desolado y nervioso que estás.
No hablas, repentinamente, te derrumbas en el suelo y empiezas a sollozar, -perdón, perdón-
Es como si un otro yo saliera de mi cuerpo y mira la escena desde arriba. Sonrío porque la escena es muy trágica y creo haber desterrado eso de mi vida. Desnuda de rencor, respondo sin mover casi los labios - Nada tengo que perdonarte. ¡En serio!
¿No me ves? ¡Soy otra persona! Y una pausa larga, oscura, se apodera del ambiente. -Como te habrán informado, me voy pronto. Esta enfermedad... No te preocupes por mí. No hay lazos ni recuerdos.
Eres afortunado. Alégrate por la vida que tienes, por los planes que cada día preparas... Por lo que harás mañana. Sé feliz. Nada me debes.
Te levantas, sacudes los jeans negros gastados, siempre en una actitud de "descuido-chic", acomodas la
camisa a cuadros verde claro y verificas que los puños de las mangas estén en su sitio, sacudes la cabeza y como hablando para ti, dices en susurros -No lo
entendí entonces. Y ahora menos puedo entender nada. La generosidad se aprende, nunca quise que me enseñaras nada. Te quiero como siempre. Lamento no haberlo entendido entonces. No puedo decir nada más.
Así es, querido amor. No hables. La vida sigue.
Unos se van mas temprano...
En el camino van
quedando, los inocentes, los ignorantes, los egoístas, los exigentes...
Los buenos... los malos... Todo se supera y se reencuentra.
IngridYPA
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