Amor de
1.150 tardes:
He mantenido durante tanto tiempo
represadas las letras que pretendo estampar con este bolígrafo de trazo negro y
firme y en este papel que acabo de comprar, por un solo motivo, escribirte, una
hoja de color avejentado (perdona la metáfora), que los pensamientos y recuerdos tantas veces sopesados y analizados,
suspendidos en las profundidades, han subido y flotan sorteando las olas de
este mar agitado que es mi mente, en una
especie de reclamo, diría yo que de justicia, sobre todo desde que supe que moriste en sana paz, en tu casa, en tu
cama, a avanzada edad, rodeado de los tuyos.
Ese sector, déjame utilizar una palabra
menos impersonal, esa etapa de mi vida
en que me acompañaste como amor, un amor cuarenta-veinte,se desvanece aún a mi
pesar en múltiples fragmentos de inquietud y remordimiento. Y temo que todo
resulte en una ridícula y cursi narración de situaciones inconexas y vagas...
Imagínate. ¡Tantos deseos, tantas frustraciones, tanto dolor para llegar a esto!
Sin embargo me atrevo, y atreviéndome
dejaré parcialmente reivindicado tu recuerdo ante la única juez que
posiblemente tengas y hayas tenido: yo.
Estrujo la memoria y tengo ahora mismo
la sensación de que no estuviste tanto tiempo cerca, de que fuiste una desleída
promesa.
Transcurridos los días, meses, años, he
olvidado lo que entonces creí inolvidable, y de pronto viene este ejercicio testimonial que parece
inútil. O eso me dirias.
Prefiero, por muchas razones, pero la
principal es que estoy haciéndote un homenaje, ser condescendiente y pensar en
ti como si fueses un alegre fantasma que aún mantiene su seducción y galanura
inofensiva a la distancia de lo etéreo que es el pensamiento. La nostalgia permite el reconocimiento de
cierta duda atravesada, aunque debo
aceptar que es inútil la lucha, porque las lágrimas no me dejan escribir; estas
lágrimas se esparcen por la superficie rugosa de la página,y hacen confusas
alianzas entre memoria y tiempo; ternura
y olvido; ironía y recuerdo. Cansancio y
descreimiento.
Si el amor es subjetividad pura, de lo
cual estoy bastante segura, creí haberte amado mejor. Y, en confidencia, nos unió la fuerza del ego. Luego vinieron, momentos gratos. Y finalmente, convencidos, el remordimiento y el arrepentimiento. Y
vino el desafío mayor: dejar, abandonar, olvidar, desmitificar tu figura.
Contigo, experimenté la entrega, esa
que ahoga y que creemos eterna. Mas el cansancio convence y como la canción, se
desgasta por el ejercicio continuo y sin sentido de entregarse unilateralmente
y sin condiciones.
No estoy segura realmente si el amor romántico
-como el de las novelas inglesas de finales
del siglo XIX- alguna vez nos visitó. Hubiese deseado un amor imposible,
contrariado, colmado de desencuentros. Eso justificaría estas letras, pues me
temo que el recuento epistolar resultará vulgar, doméstico, corriente, y puede
que te aburra.
Desearía contar las hazañas gloriosas
de un Quijote, así persiguiese doncellas en lugar de molinos o un caballero de
armadura reluciente que en honor a su princesa, se inmola defendiendo su reino.
Pero la nuestra, fue una historia más, de personas tercas, una relación mas bien carente de sentido. Principalmente,
porque tu pusiste las condiciones desde el principio, y si yo quedaba en el
terreno delimitado, si decía que si, todo sería un paraíso.
Por ello hoy quisiera descubrir, utilizando
los recursos que me permite esta carta, cuáles motivos propiciaron un encuentro
tan dispar. Si intervino el destino; o si, de lo más incoherentes y cual creídos
dioses del Olimpo de historieta, aceptamos retar a... no sé quien…
Fueron aquellos, tiempos de una
extravagante puesta en escena de la más común y más corriente relación amorosa,
donde la joven “ingenua,tonta” se enamora perdidamente de un “maduro,inteligente,astuto” individuo, cuyo
machismo, bautizado por mi desde el inicio como “cosmopolita-encantador”,
sedujo irremediablemente a la muchacha que pretendía adueñarse del mundo por
medio de la conquista de ese señor que, cual alucinación, se le presentó
envuelto en una hechizante aura de poder y conocimientos en un lugar cualquiera, sin presentir, (por favor, sé condescendiente, recuerda que era
ingenua), que la llevaría por la calle de la amargura y el sería feliz. Debes
aceptar que es demasiado esfuerzo ese intento constante de demostrarle a ese
hombre exitoso que ella puede merecerlo, que es capaz de llegar a la cima donde
este caballero se encontraba, sobre todo por obra y gracia de la admiración. !Y vaya que me esforcé en todo!
No vi canas ni arrugas, sólo una
sonrisa llena de promesas; acariciaba ese rostro en busca de respuestas, y te
dejabas acariciar, y estoy segura que en esos momentos me querías. ¿Para qué
aclarar, entonces? Eso responderias a lo obvio.
Lo que pasa es que todo era más bonito
para ti que para mí. En esos instantes eras la publicidad del egoísmo.
Sería injusto sintetizar 1.150 tardes
sólo con lo escrito, que seguramente encontrarás inapropiado y quejoso. Es
verdad. Por eso reafirmo que también hubo
ternura, y momentos de cierta trascendencia. No te preocupes, lo reconoceré a
pesar del terco empeño que pusiste en banalizar lo que llamabas *nuestro tiempo*.
¿Recuerdas cuando rechazabas por absurda
la frase, el grito de guerra: “¡Es posible!”, que salía de mi boca cuando creía
entrever el triunfo de un “nosotros” a pesar de las diferencias?
Al despedirme cada tarde, regresaba a
casa ahogada, confusa, esperando que nadie estuviese, para que no descubriese el hilo por el que, si halaba un poquito nada más, encontraría una maciza y
loca madeja tejida de vergüenza, ansiedad y felicidad.
Y así, encantador y sabio, te
atravesabas en cada una de mis moléculas, sin ser precisamente el príncipe azul
sobre un caballo blanco con el que soñaba despierta cuando niña. Escondiendo sensaciones, dudas y desconociendo los riesgos, pasé de puntillas, en pasos de ballet nunca
aprendidos, durante esas 1.150 tardes de corazón en la boca.
Fue así como señalaste un camino para
lo que seríamos. Esa ruta se convirtió en dos sendas paralelas tercas e
inamovibles, que cuando tuviste el coraje de intentar unirlas, no se pudo, no
pudiste, no quise yo… ¡Quien sabe!
Aquellas 1.150 tardes fueron una
especie de acto equilibrista en una cuerda tendida en lo más alto, de manera valiente e
irresponsable. Cada día, después de las tres, entraba yo en tu vida y salía a
las ocho, puntual y obediente. Me sentía sabia. La sabiduría que tanto perseguí
se mostraba poco, engañosa y cruel. Es que estaba a la distancia mas corta, la
existente entre mi corazón y mi cabeza. La voz que dice: Pero ... ¿Que haces?
Hoy entiendo que no necesitaba la exquisitez
de tus frases rimbombantes. Que tu eras parte del proceso de crecer. Que sólo
buscaba amor: sentirlo, recibirlo, poseerlo, regalarlo. Que debía continuar,
dejar que pasaras, y que pasaran otros; reconocer mi esencia y decidir qué
hacer, que decir, cuanto dar, y a quien; recoger los frutos, y aceptar las consecuencias. Madurar...
La fórmula se mostró esquiva en esas
tardes y no entendía por qué ese amor no se presentaba seguro.
Lamento que estas palabras de despedida
y homenaje hayan tornado el elogio en una tonta disertación en tono de reproche.
No fue premeditado. Lo juro. Los malos recuerdos se lían con los buenos, como
zarzas difíciles de separar de los arbustos. Es una consecuencia de esos 1.150
encuentros grabados indelebles en la experiencia que hoy puse en una tabla para sumar y
multiplicar, y cuyo resultado trastocó en sustracción y división.
Descuida. La grandilocuencia se acabó. Terminó. No
tiene caso continuar hilando frases. Ya no estás, no puedes contestarme.
Queda por consiguiente sellado todo
pensamiento.
Esta carta. Ya no la puedo enviar.
Recomiendan por ahí que deben cerrarse con
candado y doble llave las puertas, tan
pronto situaciones y personas han salido por ellas. Dejar puertas abiertas dicen
que permite que engañosas ideas salgan y entren, en irregular danza. Dicen también que no es muy sano dejarlas deambular
en la inmensidad de la mente. Tus recuerdos estuvieron perdidos por largo
tiempo en un lugar alejado y borroso, y hoy salieron. Regresarán a su lugar y pasaré cerrojo.
Descansa en paz, cómplice del
sentimiento a destiempo.
Puedo recordarte cantando un bolero y
hablando de fórmulas de éxito.
He buscado la frase correcta para
terminar, y no la encuentro. Será un simple… adiós.
IPA. Feb.2012
Nota:
Esta carta es un ejercicio de redacción que hice para enviar a un concurso de
cartas de amor. Enteramente ficcional. No tiene relación ni conmigo ni con
nadie que conozca.


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