Releyendo el apasionante libro de Carlos Ruiz Safón “La sombra del viento”, sin saber por qué < O tal vez porque el autor narra hermosamente en un párrafo cómo Nuria, uno de los personajes, quien es traductora y un poco de todo, mantiene sus lápices en perfecto orden sobre un pequeño y viejo escritorio, por lo que se entiende y presiente su amor por la escritura a pesar de tantas vicisitudes> me vino repentinamente un recuerdo de infancia, tal cual un haz de luz, grato, suave...
Me gustaba colorear esos libros de incontables páginas con figuras dibujadas en negro para rellenar en color. Pero, siempre, cual fortaleza plantada enfrente, la caja grande de creyones. Era importante en esa época tener muchos, que la caja fuera enorme, que tuviera varias hileras de lápices de colores. Aunque tal vez no tuviese yo demasiados, esa pesada caja de cartón o plástico, se abría haciendo una especie de figura triangular, y los lápices, alineados uno al lado del otro, se convertían en pequeños actores en esa fiesta multicolor.
Los creyones, recuerdo, se colocaban en la caja por colores, y por intensidad de color: Verde agua, verde musgo, verde brillante, verde militar... Y así cada tonalidad iniciaba el arcoiris que me hacía soñar en casitas rosadas, con ventanas rojas; un sendero pequeño,verde y marrón, que llegaba a la puerta que me gustaba pintar de color morado, y a los lados de ese sendero un jardín, de un verdor alegre, y con muchas plantitas de colores desperdigadas. A un lado, un pequeño charco de agua azul con patitos muy amarillos. Y gallinas, cerdos, un perro y un gato en el jardín. Por supuesto, no podía faltar, el cielo mas azul con algunas nubes y el solo gigante y amarillo con rayos pintados como si fueren púas alrededor. Ese era el tema constante, la casita y su entorno de campo, sin haber vivido nunca allí.
Tal vez en este momento, a la distancia de los años, lo que mas recuerdo, es el placer que me causaba manipular los lápices, sacar un color, usarlo, volverlo a poner en la hilera correspondiente de la caja, y continuar así la danza imaginaria, teniendo como melodía de fondo el sonido de cada creyón al caer en su lugar, o el de mi mano al palpar los lápices, de derecha a izquierda, o el de la caja al ser cerrada...
Impresiona que momentos pequeños, tal vez insignificantes, tengan tanto valor ahora, en la madurez. Curioso además, que la distancia entre dos anécdotas diferentes, la del libro, con la carga dramática de todo lo que allí sucede, y la de mi infancia, insignificante y pueril, sea tan corta...
Ambas amalgaman un sentido lúdico del amor - no por y para las cosas- sino un amor a lo que nos transmiten . Al fin y al cabo, somos memoria y sentimiento. Esa es la vida.
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